Un estudiante puede desaprobar un examen, una materia o, directamente, reprobar todo un año de cursada debido a su “pobre rendimiento académico”. En este caso, el alumno deberá repetir el año, es decir, volver a cursar todas las asignaturas para obtener las calificaciones necesarias que le permitan seguir avanzando en sus estudios. Ahora bien, ¿cómo nos paramos, nosotros los docentes, frente a estas situaciones?
Entre los factores que pueden llevar a que un estudiante repruebe, se encuentran la dificultad de los contenidos, la desmotivación en el estudio, la falta de comprensión de la información y la corrección subjetiva del docente, entre otros.
Aprobar es calificar como bueno o “suficiente” al estudiante con respecto a algo. También permite asentir a una opinión o a una cierta doctrina. De este modo, reprobar es no obtener una calificación satisfactoria; en otras palabras, no alcanzar el nivel necesario para considerar que una determinada “prueba” haya sido superada con éxito.
El profe llegó a la clase con una evaluación sospechosa, que si bien él nos anticipó con tiempo de que leyéramos los respectivos textos de las clases anteriores, pero aunque hubieses leído los textos podría llegar a ser que te equivoques, ¿esa responsabilidad es meramente del estudiante? En lo personal, creo que el tipo de evaluación influye y mucho más los objetivos que uno tiene sobre ella, el profe eligió una muy puntual la cual no te dejaba explayarte, la evaluación era un múltiple choice de un formulario de google; ese tipo de evaluaciones no deberian ser parametro de nada porque no evalúa un proceso sino solo sirve para certificar, lo cual también pasa en el capítulo de los Simpsons que vimos en clase, nunca trata a la evaluación como un proceso de aprendizaje sino como nota para promover al año siguiente.
La evaluación siempre estará en el ojo de la tormenta, ya que es esencial en todo proceso de enseñanza-aprendizaje. Ha de superarse la idea de considerar a la evaluación como el examen, la calificación, la nota, la certificación, la promoción, la simple medida y la decisión, sin más. La evaluación como sustancia propia del proceso de aprendizaje, como apoyo al mismo, como posibilidad del diálogo didáctico es una visión diametralmente opuesta que, obviamente, es por la que personalmente apostamos.
Según Guerra el aula es el lugar en donde más se evalúa, pero donde menos se cambia, “…el curriculum que no se evalúa, o se hace a través de la evaluación de los profesores solamente, es difícil que entre en una dinámica de perfeccionamiento constante” (Gimeno, 1998); esto hace dudar de la eficacia y rigor de la evaluación como un proceso conducente a la comprensión y la mejora de la actividad educativa. El capítulo se centrará en la evaluación que hace el profesor de los alumnos, tanto para calificar como para determinar procesos de aprendizaje. El profesor replica la evaluación cada año a lo que los alumnos se acostumbran manteniéndose inalterable lo que hace que se produzca un dogma evaluativo que es muy difícil cambiarlo, además de ignorar elementos de los procesos enseñanza-aprendizaje. En la evaluación planteada en profundidad, es un proceso que pone en cuestión todas nuestras concepciones sobre la enseñanza y la educación. En efecto la evaluación de los alumnos es un proceso de metaevaluacion del profesor. Por último pero no menos importante, no se trataría de evaluar sólo conocimientos, sino también habilidades, destrezas y actitudes deberíamos evaluar para aprender, la evaluación debería ser continua e integradora.

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